Entre calores y barreños

Hola, ya a punto de pasar una semana más. Suelo publicar los martes pero como mi regularidad en este blog se ha ido al carajo pues he pensado que más da, publico y ya está.

Quien también ha perdido su regularidad es el verano. ¡Qué tarde ha llegado este año! Pero por desgracia ha llegado. Ya he dejado de ser persona. Suerte que en la madrugada refresca un poco y mi cerebro puede conectar neuronas.

Madre mía, el resto del día quedo super atontada. Ayer lo pasé que ni me enteré. Mira si fue así que no pasé por la ducha, ni mi niña ni yo. Por la noche, ya acostandonos le toqué el pelo y ahí me dí cuenta. “Joder, que ni tan siquiera nos hemos duchado hoy”.

En fin, ya he empezado a contar las semanas que quedan de agobio intenso.

Ah, y este año va a ser peor. Como mi pareja es del sur y ahora tenemos una nena en común pues en agosto me tocará vivir el asfixiante calor de esa zona. Estoy acojonada. No sólo por mi, también por mi pequeña.

Aquí pasamos tres noches de insomnio por culpa del calor hasta que he encontrado la fórmula. Antes de dormir enciendo el aire acondicionado para que se enfríe bien la habitación y cuando ya nos acostamos lo apago. Así nos dormimos bien fresquitas. Y para cuando empieza a caldear ya puedo abrir la ventana y sentir el fresco de la madrugada.

Ha de ser así para que mi niña duerma. Si fuera por mi aún mantendría la ventana cerrada. Pero ella es extremadamente calurosa. Yo soy friolera sin embargo prefiero el frío. El calor me asfixia, me agobia, me anula. Paso los días deambulando por este mundo como un zombie.

Suerte que con el verano se puede jugar con algo tan divertido como el agua. En el jardín le he puesto tres barreños llenos de agua, juguetes y listo, se pasa el tiempo ahí.

Sí, quizás un poco cutre pero efectivo, muy efectivo. Pasa los juguetes de un barreño a otro, los llena de agua. Y mientras tanto yo me siento en el porche con el ordenador e intento hacer algo.

Ayer nos levantamos, vio los barreños del día anterior y quiso salir a jugar. “¡Pero si hemos de desayunar!” Le exclamé. “Desayuna tu que yo me salgo” me contestó en su idioma compuesto de gestos, miradas y pequeños vocablos.

Insistía tanto que la dejé salir, preparé el desayuno, cogí el portátil, me instalé en el porche y ahí me pasé la mañana. Cuando me dí cuenta el sol ya apuntaba en lo más alto del cielo. ¡Y la habitación sin recoger! No hice nada de la casa.

Comimos, dormimos la siesta, merendamos, vino a buscarnos mi hermana con los primos, salimos a dar una vuelta y ya el día perdido y mi nena sin duchar.

Bueno, lo importante es mantener la calma y que mi hija sea feliz.

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