Secretos escondidos

La vida tiene secretos que están más escondidos que nunca. Y leer “El Secreto” no implica conocerlo. Los secretos se escapan del entendimiento hasta que un día, de repente, tu mundo se para y tu cabeza tropieza con uno. Son momentos mágicos en los que tu humanidad, ya tengas mucha o poca, crece un poco más.

Me da la sensación que a pesar de los mantras que se repiten hasta la saciedad alentando a que uno sea feliz, que disfrute, que persiga sus sueños, que realice lo que desea, etc., se sigue teniendo la visión de que si no hay sufrimiento, dolor, penuria, etc. entonces no hay sacrificio ni provecho. Que aquello que vale la pena duele y si lo están pasando bien, gozando, disfrutando entonces algo está fallando. Como que el pecado del placer aún no se ha erradicado.

No se dice, no se habla pero se mira con recelo la vecina que se queda en casa con su bebé y mostrándose ella más alegre que unas castañuelas. Quizás esa vecina no se sacrifica lo suficiente, no lo da todo en su maternidad y está criando a un desgraciado.

La alegría no es el problema en sí, sino el síntoma que muestra la despreocupación, la dejadez y la irresponsabilidad de esa mujer. No lo digo yo, manifiesto lo que considero que es el pensamiento general de esta sociedad.

La penuria se ha colado tanto en nuestro ADN que sin ella nos sentimos desorientados, perdidos e incluso moralmente impuros.

Uno de los consejos más repetidos en crianza es “¡disfrútalos! Que luego crecen…”. Sin embargo una puede sentirse perturbada a causa de esa sutil presión social cuando disfruta ante tan enorme responsabilidad.

No considero que sea un ataque específico a la mujer, ni a la madre. Por ejemplo, ¿cómo va a disfrutar ese cirujano ante tan delicada operación? Se ha de concentrar mucho y estar muy atento a que salga bien. También tiene una enorme responsabilidad entre sus manos.

Pues puede y se debe disfrutar. Las dificultades pueden resultar gozosas, placenteras. Las responsabilidades se pueden afrontar con deleite. El sacrificio es renuncia por vehemencia al amor o por imposición moral. En el primer caso obtenemos dicha, en el segundo padecimiento, dolor.

Pues gracias a la maternidad me he reencontrado con un secreto: el poder de seguir los dictados de tu corazón y la enorme complacencia que genera el sacrificio por vehemencia al amor.

Sí, lo sé, llevo días quejándome de agobio, de desesperación y de no sé cuántas penurias más. Y ahora vengo con el rollo super guay de cuánto disfruto, que feliz que soy. Quizás te estés preguntando ¿a quién quiere vender la moto? O ¿es masoquista esta mujer?

Ni lo uno, ni lo otro.

Es verdad, con la maternidad las mujeres lo pasamos mal. Yo diría que incluso muy mal. Y quien te diga lo contrario una de dos, o miente o es muy afortunada.

En el mundo occidental seguro que existe alguna afortunada que se ha encontrado todo de frente y puede gozar de su maternidad al 100%. Que es lo que debería ser. Todas tendríamos que estar vibrantes de placer y gozo con nuestros retoños. Pero por desgracia no es así.

Las condiciones en nuestra sociedad no son favorables, en absoluto. Y no es que culpa al otro de mi desgracia, no. Tendría que argumentar lo pero no es el objetivo de este post.

El caso es que en medio de tantas dificultades, carencias, padecimiento, las vicisitudes se van sucediendo y una puede vislumbrar como el placer se puede colar a través del sacrificio si este se da porque así lo dictamina el corazón.

El sacrificio es renuncia y lo asociamos tanto al dolor que no lo concebimos de otro modo. Cuando alguien disfruta, goza, es feliz es imposible que se haya sacrificado. Y no tiene porqué ser así. Y la maternidad puede ser un buen ejemplo de ello.

El paradigma de sacrificio es la maternidad, renunciamos a nuestra vida en pos de la suya. Quizás conservamos parcelas propias pero la mayoría de ellas teñidas de su presencia. Si no hubiese nacido mi niña escribiría desde otro prisma y el tema de la crianza hubiese quedado en un segundo plano.

Nos sacrificamos y consideramos que nuestras penurias surgen de este sacrificio y me temo que no es así. El sacrificio es por amor y el amor nunca duele. El amor es vida, es fuerza, es alegría. Lo que nos duele es el ego y la soledad. Los tropiezos de esta sociedad ante valores tan fundamentales como cooperación, colaboración, solidaridad. Las relaciones líquidas, los vínculos deshechos.

La maternidad ha de ser gozosa. Lo contrario es a causa de algún error.

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