Como una esponja.

Estoy convencida que las emociones de los más pequeños es un reflejo de lo que transmiten verdaderamente los padres. Me ha pasado alguna que otra vez que justamente los días que no me soporto a mi misma mi nena se muestra más pesada, más quejica, me reclama más y muestra menos tolerancia a la frustración. Cuando me preocupo por si duerme bien, o come bien, entonces surgen problemas como surgidos de la nada. Cuando ansío que se quede dormida entonces siempre pasa algo que la espabila.

No se como explicarlo pero muchas veces tengo la sensación de que su comportamiento es una respuesta de hasta mis pensamientos más profundos. Y la pasada madrugada no fue menos.

Vivo en México desde setiembre, cosa que, de momento, cada día me pesa más. Digo de momento porque quizás algún día me resigne, o lo asimile, o consiga disfrutarlo o ¡quizás pueda volver a mi tierra! Quien sabe. El caso es que desde que residimos aquí hemos vivido ¡siete terremotos! Por suerte sin consecuencias para nosotros. Por desgracia con muchas consecuencias para muchos. Y durante este fin de semana que acabamos de superar ¡tres! Contando con el de la madrugada.

Estas tan tranquila en casa y de repente oyes un ruido muy desagradable de alarma y una voz de un hombre que nunca he logrado entender que dice. No importa, sí se qué significa, hay que salir corriendo a la calle. Es una situación que me asusta. Imagínate que la primera vez me pilló cocinando y dejé el fuego prendido al huir de la casa con mi niña en brazos. Aun así me sorprende el temple que he mostrado en cada ocasión. Cojo la Manduca, cojo las llaves, cojo la niña y me largo. A los cinco minutos ya estamos de vuelta. Y mientras dura la proeza mi pequeña se muestra como siempre feliz y alegre.

Pero esta madrugada me pilló bien dormida. Desperté de golpe y diciendo “¡Antonio! ¡Hemos de bajar!”. Creo que mi inconsciente actuó por mi. Medio dormida me dispuse a coger las cosas y no atinaba. Además me tenía que poner un pantalón pues duermo sin ellos ya que me molestan horrores. No atinaba. Y ahí sí, me puse nerviosa, no mucho, dada la situación, pero sí suficiente para que mi niña empezara a pedirme brazos con angustia. Cuando logré ponerme el pantalón y la Manduca la cogí y nos bajamos. Tembló el suelo y volvimos a casa. A las dos horas mi nena consiguió dormir de vuelta.

Muchas veces de madrugada se oye el ruido de una sirena de policía. Es algo bien curioso, se acerca el ruido, cesa, vuelve a sonar pero a lo lejos, para, otra vez pero esta vez de cerca, para, de nuevo però ahora alejándose. Y así se puede pasar un buen rato. Por suerte a mi pequeña no le afecta, sigue durmiendo como si nada.

Pero cuando ha sonado esta madrugada pasada mi vida se despertó medio llorosa y asustada. Varias veces, por cada que volvía a sonar la sirena. Entonces la cogía, le daba teta, se calmaba rápido y más rápido se volvía a dormir. Por suerte la cosa no ha ido a más. Pero me ha llamado la atención está reacción. ¿Será porque me vio a mi mal con la alarma del sismo?

Bueno, ya lo dicen, los bebés lo absorben todo, aquello que vemos y lo que no vemos.

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