Mi cita más importante.

¡Hola! ¡Ya echaba de menos mi diario! Aunque he estado bien ocupada. Este domingo pasado celebramos el primer aniversario de mi pequeña. ¡Esto significa que ya llevo un año de maternidad! ¡Y sigo encantada con mi hija! A partir de ahora cada 26 de noviembre tendré la cita más importante.

Se me hizo extraño celebrar fecha tan señalada tan lejos de mi familia. Es su lugar compartimos la celebración con los vecinos que son tan amables con nosotros que decidimos invitarlos a merendar. Preparamos pan con tomate, jamón, chorizo, lomo y queso, y unas sabrosas tortillas de patatas. Los bocadillos quedaron muy ricos. Claro, compramos embutido bueno, y caro, que aún oímos como se queja el bolsillo. Pero las tortillas me quedaron secas.

No se si ellos estuvieron a gusto o qué, no sé si a mi me gustó celebrarlo con ellos o qué, pero lo que sí sé es que mi hija se lo pasó genial. Le regalaron un juguete diseñado para ser arrastrado que contienen una bolitas que van botando con el movimiento. Le encantó, y se reía un montón al ver las bolitas botar.

Antonio y yo le regalamos una mesa y cuatro sillas. Todo a su nivel. Le encantó también. Lo compramos por Internet y llegó a la hora de la siesta. Con la emoción cometí el error de abrirlo antes de tiempo, sin dormir primero. Mi hija que se caía del sueño al ver los muebles con sus dibujos de animales en la Selva se entusiasmó tanto que mandó al carajo la siesta. Más tarde me costó horrores dormirla.

Además el universo nos regaló una reflexión sobre la crianza que me ha ayudado a conectar del todo con mi nena. Ahora estoy más encantada que nunca. Y el hecho de no poder evadirme eternamente conmigo misma ha dejado de pesar.

Por casualidad encontré un libro titulado “¿Dónde está mi tribu?: Maternidad y crianza en una sociedad individualista” escrito por Carolina del Olmo. Empecé a leerlo este fin de semana. Suelo leer un poco, muy poco porque enseguida sucumbo, por las noches cuando mi niña se queda dormida. En él leí lo siguiente: “Pronto descubrí con estupefacción que lo que sentía al abrazar a mi hijo no era poder, sino algo bastante más parecido a la sumisión. O quizá las dos cosas mezcladas. Durante la noche, mientras daba el pecho a mi hijo, aprovechaba para hilar largas cadenas de reflexiones, no demasiado coherentes, en torno a la maternidad. Llegué a la alarmante conclusión de que tener un hijo era algo satisfactorio e incluso placentero en la medida en que se aceptara un cierto nivel de sometimiento a aquel diminuto ser de carácter dictatorial.”. Al momento recordé que así lo sentí y pensé, quizás no con esas palabras, antes de venir a México.

Pensaba mucho en ello aunque yo lo nombraba como entrega. “Qué importante es entregarse. Me hace la crianza más liviana”. Pero mi mente siempre intentaba huir en la lectura o en la escritura. Cada día por la mañana me recordaba “mi prioridad absoluta es ella, si en algún momento se duerme podrás leer o escribir, pero sólo si se duerme. El resto del día solo existe ella”. Y si no lo hacía así entonces mi mente se inquietaba demasiado con sus ansias de evadirse intelectualmente.

Cuando llegué a México y vi la casa donde nos toca vivir se me cayó el mundo al suelo. Tanto mirar muebles y decoración para meterme en un agujero medio apestoso con un lavabo que a duras penas cabe una persona y una cocina chiquita con una pica ruinosa y un mármol tan pequeño que tan sólo cabe un plato. Me prometí a mi misma que saldría de ahí cuanto antes y para ello es necesario el dinero. Así que me urgió ganarlo y me volqué en ello.

Poco a poco las exigencias de la crianza empezaron a ser un estorbo. ¿Por qué no podía pasar más tiempo escribiendo, planeando, estudiando y leyendo?Al leer esas palabras de Carolina del Olmo y rememorar la importancia de la entrega me di cuenta que lo había dejado de lado. Pero es más, que realmente nunca lo había conseguido. Pero entonces pensé que en estos momentos tengo un proyecto por ella. No solo por el simple hecho de necesitar leer y escribir. Di un paso más allá. Y este paso me ha ayudado a entregarme totalmente a ella. La reflexión me ha ayudado a ponerla de nuevo en el centro.

Mi entrega me permite seguir leyendo y escribiendo. Y además lo hago cuando puedo. El resto del día solo existe ella. Y me llena de felicidad. Es increíble. Fue la guinda que me faltaba para este pastel tan delicioso llamado maternidad.

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