No me ayuda.

Buenos días. ¿Quién ha dicho que un andador es una gran invento? Ahora mismo odio ese aparato. No lo quiero ni ver. Quizás haya ayudado a muchas mamás y/o muchos bebés. No lo sé. Y ahora mismo ni me importa. Solo sé que ayer acabé sentada en una silla resignada a no hacer nada esperando a que llegara Antonio para que me rescatara de la desesperación en la estaba sucumbiendo. Es el aparato del diablo.

De buena mañana nos despertamos bien, contentas, felices como casi cada día. Como casi cada mañana salí de la habitación con mi nena en brazos dispuesta a cambiarle el pañal de toda la noche. Abrí la puerta y lo primero que encontramos fue el dichoso juguete en cuestión.

Al momento mi hija empieza a pedirlo, “sí, tranquila, ahora jugarás con él pero primero vamos a cambiar el pañal.” La tumbo en el cambiador y estalla a llorar. Alucino, no acostumbra a comportarse así. A veces lloriquea un poco porque le niego algo, incluso en alguna ocasión ha llegado al llanto. Pero eso pasa cuando tiene sueño. Jamás la había visto así, recién despierta y llorando tan de repente y desconsoladamente por una negativa.

Termino de cambiar el pañal como puedo y la dejo con el juguete. En realidad me encanta verla entusiasmada y contenta. Empieza a arrastrarlo y, inevitablemente, se topa con la primera pared. Pide ayuda. La asisto. Pero después de esa pared siguen muchas más. Es decir, mientras ella juega con esa cosa yo he de ir tras ella constantemente. La casa es pequeña y a cada rato me requiere. Y me reclama, claro. Nunca le he negado mi auxilio cuando me lo ha pedido ¿por qué iba a hacerlo ahora?

Nos pasamos casi toda la mañana dando vueltas por la casa hasta que le entró sueño. Por suerte se durmió rápido y se echó una buena siesta de dos horas. Yo en ese rato aproveché para escribir. Ya sabéis que mientras ella duerme yo me meto en mi mundo particular.

Al despertar vuelve a la carga con el andador parlanchin y cantarín. Pero se acerca la hora de comer y apenas he podido avanzar en las tareas de la casa. Ni siquiera pude terminar de lavar los platos. Y ella sigue dando vueltas por la casa con esa cosa que, además, no calla. “¡Muy bien! ¡Sigue así!” una de las mejores frases que empieza a machacar mi cabeza.

Es imposible cocinar. Me encantaría esconderlo pero no hay manera. Mi hija está tan encantada que no se separa. Decido no forzar la situación, tomar un respiro y ver la situación con perspectiva bajando a comer en el puesto de la esquina.

A la vuelta el aparato sigue ahí. Y mi nena sigue insistiendo, no se cansa pero yo sí. De hecho no aguanto más. Estoy harta de dar vueltas, de agacharme y de no poder hacer nada más. No se si mi hija empieza a notar mi estado o qué pero el caso es que se despista un ratito con otra cosa. Reacciono y corriendo meto el artilugio en la habitación. “¡Bien! ¿Ahora podré hacer cosas, no?” Pues no. Ella empieza a jugar con lo que hay y (¡oh! ¡Sorpresa!) ¡me reclama a cada rato! Espero que ahora no se haya convertido en una criatura demandante y dependiente.

Detecto que tiene sueño. Intento dormirla. Me cuesta. Imagino que mi estado no ayuda. Creo que mis nervios se han alterado. Al fin se duerme. Con horror me percato que no puedo entrar en la habitación: el dichoso trasto del demonio está ahí. Bueno, respiro hondo y aprovecho la ocasión para avanzar tareas pendientes que he de hacer con el ordenador. Lo enciendo y me regala la guinda de este tan maravilloso día: avanza muy lento, extremadamente lento. Mis nervios lejos de calmarse se crispan más. Y la niña al poco se despierta. “¡Joder, pero si apenas has dormido!” pienso en un acto de contención. Entró en la habitación a ver si tumbada consigo que se duerma de nuevo. La cosa va bien pero no se que carajo hago que levanta la cabeza y descubre mi perdición. Ahora ya no hay remedio. Ni dormir ni ostias. Quiere volver a arrastrar esa cosa. Resignada y con los nervios a flor de piel se lo dejo pero esta vez con la música en off.

Ui, parece que en ese modo no le resulta tan atractivo. Mejor, asi mami descansa en una silla mientras juega con la niña.

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