Es una bendición.

Que se muestre quieta y con los ojos cerrados no implica que esté bien dormida. Y si se despierta no he de tener prisa para volver a dormirla. Lo he podido comprobar cientos de veces. Esta mañana una más. Me he despertado y cuando me disponía a escribir ha pedido teta. Le he dado y he querido volver a mi tablet corriendo. Error. Así que de nuevo le he tenido que dar teta. Lo peor es que ¡he vuelto a cometer el mismo pecado! Por fin me he quedado un rato a su lado después de que mamara. Ahora creo que ya puedo escribir. Pero a ver cuánto rato me deja. Entre tetada y tetada he perdido un tiempo precioso.

No se puede negar que en la crianza es imprescindible la paciencia. Continuamente se ha de hacer uso de ella. Ayer por la noche, siguiendo lo vivido en los últimos días, arrancamos la rutina bañito-cena-dormir más tarde de lo habitual. Pero no calculé bien y nos sobró bastante tiempo. En esta ocasión me lo tomé con calma.

Me senté en una silla mientras ordenaba mis ideas y contemplaba a mi niña. También jugamos un rato juntas, nos reímos a carcajadas, jugamos con papi. Ahora le encanta jugar a esconderse y hacer “tat!”. O que yo me esconda y hacer yo el “tat”. Se troncha de la risa. Es tan divertido. Con una simple silla, aparezco por un lado o por otro y ya tenemos diversión garantizada. Y muchas veces se asusta. Cuanto más grande sea el susto mejor, más se ríe.

En un momento dado empezó a quejarse con cierta intensidad, casi llorando. Así, de golpe. “¿Qué le pasa?” nos sorprendió. No lo sé pero conociéndola me lo imagino. La cogí, la tumbé en la cama de costado y le ofrecí el pecho. Empezó a mamar y en un segundo se quedó dormida. Efectivamente, tenía sueño. Qué curioso, últimamente parece que le llega de golpe.

¡Ah! ¡Ayer pasó algo extraordinario! Caminó varios pasos cogida de mi mano, de una sola. Sucedió sin buscarlo. Estaba sentada en mi regazo. Quiso bajar y la ayudé. No se como lo hice que llegó al suelo de manera que la sujetaba con una mano. Y ni corta ni perezosa se echó a andar. Y yo desde mi silla me fui alargando para seguir sus pasos. Que emoción.

Recuerdo cuando se volteó por primera vez. Se encontraba tumbada en el suelo, encima del foam, boca arriba. Llevaba días intentándolo. Y de repente un día lo consiguió. Y yo estuve ahí para verlo, en directo. Que emocionante. Lloré y todo.

Después llegó el otro medio giro, después la croqueta y girar sobre sí misma. Con estas dos maniobras se iba desplazando por toda la habitación. Más tarde llegó el arrastre. Y por fin ¡el gateo! Y ahora, quién sabe cuándo, echará sus primeros pasos ella sola.

Quién se podría imaginar que algo tan corriente y natural puede ser tan emotivo. Sucede cada día en millones de casas. Millones de niños en el mundo se echan a andar. Y cuando lo vemos lo encontramos tan normal. Pero cuando es tu niña, como cambia la cosa. Es una alegría. Y, de hecho, una suerte porque no todos los bebés lo consiguen. Ver al tuyo crecer y desarrollarse satisfactoriamente es una bendición. Doy gracias por ello.

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