Y llegaron más vueltas.

Ayer por la noche volvimos a tener juerga. Pero esta vez la cosa fue peor. Y es que se pasó todo el día resistiendo al sueño. Yo iba atendiendo las tareas pertinentes y la veía con ganas de dormir. Así que la cogía e intentaba dormirla. Nada, si lo intentaba en la cama se bajaba de ella al ratito. Y si lo intentaba en la mochila empezaba a protestar. No había manera. Ni en sus horas habituales, entre las doce y la una, a las tres o a las cinco. ¡Nada!

Cerca de las seis de la tarde llegó el padre de la criatura y ella, como viene siendo habitual últimamente, le mostró muchísimo entusiasmo. Tanto que no le dejaba ni tan siquiera ir al baño. Pero él quería ir al gimnasio. Decidimos acompañarlo así de paso recargaba mi móvil y salíamos a rato a la calle que a ella le encanta.

De vuelta a casa empezó a mamar y en un periquete se quedó dormida justo antes del bañito y la cena. Manda huevos. Llevaba un pañal de horas y la ropa sucia del día. ¿Y qué hago ahora? En teoría no debería de acostar la así. “¡Al carajo! Yo paso de dormirla otra vez. Esta noche dormirá así. Y en todo caso ya le cambiaré los pañales en un momento dado” tomo la decisión fruto de la desesperación.

Entro en la habitación, apago la luz, me siento en la cama, me desabrocho la mochila, me tumbo boca arriba con mi nena encima mio y me ladeo suavemente de manera que ella cae de costado en la cama. Bien, ya tengo la niña dormida y acostada. Quizás me toque cambiar pañales en mitad de la noche pero qué importa. Ahora, por fin, soy libre por unos momentos.

Nunca mejor dicho lo de “por unos momentos”. Al poco se oye la puerta de entrada y mi nena al instante levanta la cabeza. Horrorizada me apuro en ofrecerle el pecho. “Duérmete otra vez, duérmete otra vez” voy pensando mientras intento llamarle la atención “mira, mira lo que tengo”. Mi pecho pasa totalmente desaparecido. Increíble pero cierto. Ella sabe que ha llegado su padre y quiere verlo. Se baja de la cama, se dirige a la puerta de la habitación y empieza a picarla. Resignada la abro y forzando mi entusiasmo recibo al padre. “¡Oh! ¡Ya está aquí! ¡Papá! ¡Hola papá!”. Bueno, al menos ahora puedo aprovechar para limpiarla y cambiarla. Lo hago pero decido pasar de la cena. Si el padre de la criatura se digna a cocinar bien, sino pues nada, hoy no cenaremos.

Con el estómago vacío vuelvo a la carga suponiendo que se dormiría rápido. Qué ilusa que soy a veces. ¡Pasaron dos horas! De vuelta estuvimos como la noche pasada. Subiendo y bajando de la cama, jugando y mamando. Y yo allí, tirada en la cama implorando al cielo un poco de clemencia. Hasta que en un momento dado vino, empezó a mamar y se durmió. Así, sin más. Toma ya. Perpleja decido cambiar los horarios. Mañana, es decir, hoy, programaremos la rutina, bañito-cena-dormir, para acostarnos a las 9:30 de la noche. Que ya está bien de tanto cachondeo.

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