¡A dormir!

De un tiempo para acá hemos implementado la rutina bañito-cena-dormir con corte de uñas incorporado. Sí, después de bañarla y vestirla le corto las uñas. Cada día aunque no haya nada que cortar. Lo hago así porque sé que esta es una tarea difícil. A los bebés no les gusta sentirse atrapados. O al menos la mía no. De esta manera al menos ella sabe que ahora toca ceder sus manos a mamá. Por ahora funciona.

Normalmente mientras yo aseo la niña Antonio prepara la cena y la tiene lista justo a tiempo. Siguiendo los biorritmos de la pequeña de la casa arrancamos con la rutina bien temprano con la intención de acostarla justo cuando le entre el sueño. Casi siempre funciona. Menos ayer.

Ayer la criatura decidió que no quería dormir, nos dijo que un carajo. Y se pasó dos horas dando vueltas por la casa. Si la cogía en brazos se ponía a llorar y si la tumbaba en la cama pues, ni corta ni perezosa, descendía de ella, se dirigía a la puerta, se paraba de pie ante ella y empezaba a golpearla esperando a que esta fuera abierta. Mientras aporrea la puerta me va mirando como diciendo “¡a ver si esta mujer se decide abrir la puerta de una vez!”.

Le abro y sale de la habitación feliz y contenta con su eterna sonrisa y chillando a su padre que se encuentra al otro lado, detrás de una pantalla, abstraído del mundo colindante. “Antonio, la niña te llama”, “ya la oigo”, la coge. “Antonio, vigila lo puede ver en la pantalla”, “que sí, pesá, que sí”. Es que paso de que vea dibujitos y que estos le llamen la atención y se quede ahí embobada. Ya tendrá tiempo para eso.

Al poco pide suelo y la deja. Se pone a jugar. Da vueltas por el comedor. Vuelve a la habitación. Sube a la cama y pienso “¡sí! ahora sí, ahora se va a dormir”. Alimentando mis esperanzas ella se alimenta de mi pecho. Y al ratito se suelta, se da media vuelta, se dirija al borde de la cama y desciende. ¡No! ¡Otra vez no!

Repite una y otra vez la misma secuencia. Y yo mientras tanto me mantenía en la cama sin poder hacer nada más que vigilar y esperar a que se decidiera dormir. Antonio jugaba en el ordenador. De vez en cuando paraba y quitaba el juego para coger la niña cuando ella se lo pedía. Al poco ella quería suelo y se iba con sus juguetes. Entonces él volvía a meter su cabeza en ese plano rectangular absorbente. Y yo, desde la cama lo veía y me iba cargando. “Podría mostrar un poco de solidaridad, no?” Pienso en mi fuero interno llena de rabia. A parte, no me gusta esa afición suya por los videojuegos. Tengo mis motivos para quejarme, quizás algún día los comparta.

Y ahí me doy cuenta cuánto echo de menos poder hacer algo durante horas y horas sin preocuparme de nada más. Ya sea dormir, leer, escribir, estudiar, navegar por Internet. De todo lo que he dejado atrás esto es lo que más echo de menos. Ni el salir de juerga, ni el ir al cine, o al teatro, o a un concierto, ni la danza, ni el ioga, ni el tomar una copa o dos o más, ni el fumar. Nada de todo eso me resulta tan pesado como el no poder evadirme durante horas y horas conmigo misma.

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