Celebraciones en la distancia.

¿Ya os he dicho que pronto es el cumpleaños de mi nena? No sé si tengo ganas de que llegue o no. No sé si tengo ganas de que se haga mayor. Es que me gusta tanto verla así. Tan chiquita, tan bonita. Ya empieza a quedarse parada de pie y sin sujetarse. La miro y veo una personita en miniatura. Es una ricura.

Llegado el caso sí sé que deseo celebrarlo. Me apetece un montón. Antonio y yo estuvimos hablando de ello. Decidimos que prepararemos una merienda e invitaremos a los vecinos de enfrente que tienen una hija de dos años la cual ha venido algún día a jugar a casa. Y por otro lado organizaremos un piscolabis con los compañeros de trabajo de mi pareja en la facultad mismo. Es toda la gente que disponemos aquí ahora mismo. ¡Hemos de exprimirla al máximo!

Se me hace raro estar tan lejos de mi familia en un acontecimiento tan importante. Cuando vine para acá pensé que se me haría duro pero de momento no, de momento me resulta más que duro extraño.Ya veremos cómo me sentiré llegado el día en cuestión.

A decir verdad no siento mucha nostalgia de mi familia y de mi gente. Pero yo creo que mi cabeza ha hecho un truco para soportar la lejanía. Se ha centrado en las vacaciones de verano. Pienso mucho en ellas. Sé que van a llegar y tengo clarísimo que voy a viajar. Antonio está gestionando para poder ir en julio y pasar ahí dos meses. Si lo consiguiera entonces creo que yo me cogería también el mes de junio. ¡Qué ganas tengo! Ver a mi familia, a mis sobrinos, que mi nena vea a sus abuelos, tíos, primos, ir a la playa, cambiar de aires, ser la típica familia que se muda en vacaciones.

Cuando pienso en todo ello lo que más me viene a la cabeza es en el reencuentro de mi hija con su abuela, es decir, con mi madre. Supongo que es normal. Convivimos mucho con ella. Y cuando mi nena empezó a interactuar con el mundo una de personas a quien mostraba más entusiasmo era a ella. Cada vez que la veía botaba y sonreía muchísimo. Y se reía a carcajadas ante sus monerías. Seguro que la echa de menos.

Otro trance crítico será la Navidad. Yo planteé aprovechar esos días para viajar por México. ¡Estaría genial! Constituiría una distracción perfecta para sobrellevar la distancia. Pero me temo que nuestra economía no llega para tanto.

Así como una de las mejores noches del año para mi es la de San Juan, una de las peores es fin de año. No se porqué pero me resulta triste, incluso deprimente. Quizás sea el recuerdo de tantos deseos sin cumplir, de tantos sueños sin vivir, de tantas esperanzas e ilusiones mojadas.

Para escudarme mejor de ella pensaba agarrarme en la noche de Reyes. Pues resulta que aquí en México se trabaja. ¡Vaya! ¡Ya no será exactamente lo mismo! Pero bueno, espero que al menos podamos conseguir muchos regalos para mi pequeña. ¡Qué ilusión!

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