Maternidad, sueños y profesión.

Muchos consideran que tener hijos para dar sentido a la vida es un error. Yo formaba parte de ese grupo. Gente que busca la autorrealización y autoperfección. Caminando tras el sueño maldito, presos de una ilusión.

Ahora que soy madre considero una estupidez semejante planteamiento. Si mi vida tenía sentido ahora lo tiene más. Y si no lo tenía lo encontré irremediablemente desde el primer momento de saber de mi estado.

Así lo hablábamos una amiga y yo este fin de semana por Skype rememorando nuestras vidas antes de ser madre. También soñamos que un genio de la lámpara nos brindaba la oportunidad de empezar otra vez desde el punto que deseáramos. Nos planteamos volver entre los 18 y los 20, o justo antes de empezar la carrera, y quedarnos embarazadas en ese instante. Tener los críos, criarlos y cuando estos fueran más independientes empezar la carrera o entrar de pleno en el mundo laboral. “¡Sería genial!” decía mi amiga.

Tal y como lo hacemos ahora primero arrancamos y luego nuestra carrera profesional queda truncada o medio parada por la maternidad. Es inevitable.

Otra mamá me explicó en su día como durante el embarazo se arrastraba por los pasillos de las oficinas en busca de un rincón donde dormir y se limitaba en cumplir con lo mínimo imprescindible.

Recuerdo la recepcionista de una empresa donde trabajé como programadora de ordenadores. Con su sonrisa y alegría conseguía aligerar la pesadez de arrancar un nuevo día. Era todo un mérito teniendo en cuenta la frialdad del espacio donde nos aglutinábamos. Saludaba a todos y cada uno de los trabajadores que cruzábamos el umbral de la puerta.

Un buen día quedó embarazada y otro gran día dio a luz. Tomó sus tres meses de baja y al agotarse el periodo volvió a ocupar su silla. Desde entonces su mirada se perdió en el fondo de la pantalla. Dejamos de disfrutar de su sonrisa, de su alegría y de sus “¡buenos días!”.

Este no fue el único caso que viví pero sí el que más me impactó. A lo largo de mi carrera profesional conocí mujeres que su mundo laboral y su energía se reducía al ser mamá. Y ahora las recuerdo y pienso que situación tan dura vivieron, separarse de su bebé cada mañana para ir a servir a otra persona.

Claro que hay mamás que al cabo de seis, siete u ocho meses, o menos, están deseando volver a trabajar. Así me explicaba otra amistad que volvió a su puesto de administración a los ocho meses de nacer su pequeño.

Tanto mi amiga y yo decidimos quedarnos en casa y servir al ser que más amamos del mundo. Y tanto ella como yo fue una decisión personal que tomamos hace mucho tiempo, mucho antes de ser mamás.

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