Me dolió.

Ayer me pincharon el culete. Llevo días que me siento floja hasta el punto que me cuesta respirar. Cuando canto a mi pequeña, por ejemplo, noto como me falta el aire. Y a lo largo del día he de ir haciendo respiraciones profundas para reponer oxígeno. Además, desde que estoy en México, he bajado mucho de peso. Como mínimo un par de tallas. Y de vez en cuando me mareo.

Se lo comenté al médico y me dijo que me faltaba vitaminas. Que la lactancia de por sí adelgaza pero estos otros síntomas no son normales. Me pesó, 53 kilos, me midió, 1,65 m, consultó las tablas y sentenció “ui, estás al límite del bajo peso”. “Pues de jovencita pesaba aún menos”, recordé. 48 kilos para ser exactos. No importa, me receta dieta rica en fruta, verdura y carne, muy importante la carne, o pescado, y vitaminas inyectadas. He de comprarlas en la farmacia y si quiero el mismo me las suministra.

Así que ayer por la tarde me dirigí a su consulta con mi nena. “Túmbate en la camilla, te dolerá menos”. ¡Ai! ¡Ya me ha entrado el miedo! Dejo mi hija en el suelo con un par de juguetes, me tumbo, se dispone a clavar esa aguja y me acojono. “¡ai, espera, espera! ” exclamo con tanto ímpetu que mi pequeña se pone a llorar. Ella que estaba ahí en el suelo tan feliz y tranquila con sus juguetes. La asusté.

Se me medio parte el alma y, al mismo tiempo, siento desesperarme. No podré gritar. Con lo que me gusta gritar. Con lo que se llega a descargar. Gritando se puede hasta olvidar el dolor. Es un recurso fantástico, aunque escandaloso. Yo creo que en el parto me anestesiaron para no oírme gritar.

¿Cómo me lo haré ahora? Después de consolar a mi nena, la vuelvo a dejar al suelo, me vuelvo a tumbar y el médico vuelve a sacar la inyección. Al verla me tensiono y ella arranca de nuevo a llorar. Vaya, ¿será que ha percibido mi estado?

Ante tal panorama decidimos proceder estando yo de pie sujetando mi hija que la sentamos en la camilla. Y en lugar de gritar fui emitiendo el sonido del silencio “ssssshh…” mientras forzaba una sonrisa mirando a mi vida en un intento de mantenerla calmada.

Lo logramos. Ella no volvió a llorar y yo recibí mi dosis de vitaminas. Dolió. Y volví a casa cojeando.

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