Mi bebé resuena en mi interior.

Dicen que los acontecimientos no llegan solos y será verdad. Recuerdo cuando era joven podía pasar semanas y semanas sin ninguna invitación y entonces, de golpe, me llegaban todas. Tantas que tenía que rechazar más de una. Me daba una rabia. Pues ahora nos ha pasado lo mismo pero con gastos y enfermedades.

Aquí en México se cobra por quincenas. Creo que me gusta más porque así si el sueldo es justo el apuro económico dura menos. O al menos psicológicamente es más llevadero.

En esta última los gastos se han acumulado demasiado. Y, por desgracia, a través de medicamentos. Si hubiese sido en invitaciones…

Primero las vacunas de los hurones que es un buen pico. Luego Antonio enfermó. Y no una vez, no, sino dos. Bueno, la segunda no fue exactamente enfermo. Le salió un grano tan enorme, doloroso y feo que no hubo otra que ir al médico y salir de ahí con la correspondiente receta.

Entonces enfermó Iris. Otro pico en antibióticos. Y ayer que parecía que ya se encontraba bien empezó a tener diarrea. ¡Guau, pobrecita! No me preocupé tanto como con la fiebre pero sí que lo pasé mal, quizás peor.

Se le irritó el culete y le escocía. Lloraba del dolor. La puse en la bañera para que se calmara. Y tuvimos que comprar la correspondiente crema. Solo disponía de protectora que no la calmaba. Me pasé la tarde vigilando su culito, cambiando pañales y poniendo cremita. A ver cómo amanecerá hoy.

Por un lado no me he acongojado tanto como la semana pasada. En principio una diarrea no parece tan grave como la fiebre. Pero por otro lo he sufrido más. Ver llorar a mi pequeña, o aquejarse mucho, me da mucho apuro. Lo paso francamente mal.

En una de mis lecturas, Allice Miller explica cómo algunos hijos contenían su malestar al detectar la angustia que este despertaba en sus progenitores. No me gustaría que mi hija entrara en ese grupo de niños. Cuando ella muestra síntomas de molestias procuro mostrarme serena y totalmente dispuesta. Pero por dentro siento una profunda angustia y es muy probable que de alguna manera se me vea el plumero. Tendré que trabajar este aspecto.

Esta bien inquietarse ante el llanto de tu bebé. De hecho existe para esto, para que te muevas y soluciones el problema que lo causa, su problema. Ahora bien, no sé hasta qué punto es buena tanta aflicción. De hecho, desde siempre, cuando oigo llorar un bebé me sobreviene esta angustia. Siento como mis entrañas se tormentan.

En mi país, cuando viajaba en tren, muchas veces los oía. Y normalmente ese llanto iba acompañado de los gritos impertinentes de una madre. Entonces sentía despertarse mi furia con una fuerte tentación de levantarme, dirigirme al adulto y echarle la bronca. Decirle que no está educando sino maltratando. Que no oigo un niño asimilando un mensaje sino un niño sufriendo, un niño angustiado, un niño que no entiende nada. Que cese sus gritos, que pare de condenarlo, de anularlo, de aniquilarlo, de machacarlo. Un niño que sólo deseaba ser y ha sido condenado por ello.

Quizás cuando oigo llorar un bebé sea el mio que se agita en mi interior.

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