Ayer exploté.

Ayer exploté. Después de tantos días de silencio imagino que la tensión se acumuló y exploté. Entre que la niña se despierta más temprano, que antes de despertar ocupa mis horas de escritura mamando, que ahora apenas duerme siestas durante el día, que he empezado el nuevo curso, que por cierto, por suerte me está encantado, que el padre se levanta entre las seis y las seis y media, que no es un problema pero todo suma, que me paso el día sola con mi pequeña, o sea, solo atiendo, nadie me atiende, que he de cocinar cada día por narices, cada día pensar que diantres preparo, que además abro la nevera y descubro que ya no queda pollo, o lechuga, o lo que sea. ¡Dios qué suplicio! Que cada día antes de desayunar he de barrer y fregar toda la casa. ¡Cada día! Y a pesar de ello cada día mi amor acaba negra del polvo negro maldito que corre en esta ciudad. Que intento leer un poco aprovechando que la niña está distraída jugando y cuando ya me he sentado, acomodado, abierto el libro o la tablet, no importa, y he leído una línea la tengo ahí con su cara de pilla y su sonrisa de oreja a oreja. Tiene suerte de ser tan bonita.

Pues bien por todo ello me quedé sin escribir. Mi diario maternal se quedó mudo. Y todo lo que no se ha manifestado ayer reventó.

Reventó mal. Llegó mi amor mayor a casa. “Hola, qué cansado estoy, me voy a tumbar un rato”. ¿Cansado? ¿Tumbar? ¿Pero de qué va este tío? ¡Aquí no se tumba ni Dios! “¿Bañito o cena?” le contesté. “Judith, por favor, déjame llegar” y tan tranquilamente entra en su despacho, se sienta en su ordenador, y se dispone a chatear o a escuchar música o a chafardear el Facebook o yo qué sé. Abro la puerta y no recuerdo con que lo increpé. “Eso es cosa de mamis”. Solo recuerdo esa frase que retumbó en mi cabeza y accionó la palanca furia. Cerré la puerta, preparo el bañito, la manguera que usamos para llenar la tina aún no se donde fue a parar, y el suelo creo que sigue mojado. Di de cenar a la niña y nos acostamos sin yo comer nada y con la comida esparcida por el suelo. Creo que mi furia no la dejaba dormir. Mamaba, lloraba, mamaba, quería ir al suelo, subía a la cama, mamaba lloraba, y vuelta a empezar. La pongo en la mochila. Me balanceo, canturreo, nada. Incluso se pone a llorar. ¡Ai dios mío que no acabaremos nunca! Al fin aparece el padre. O lo he ido a buscar yo. No lo sé. Me prepara uno de sus deliciosos bocatas pero con la mala fortuna de soltar una de sus lindezas. Y entonces, en ese momento, estallé en llanto. Sí, lloré y un buen rato. El bocata me lo comí entre lágrimas y sollozos. “¿Qué te pasa reina?” me preguntaba él medio atónito. Y yo alucinaba, ¿es que no sé da cuenta? No, me miraba con una cara de extrañado que me confirmaba mis más terribles sospechas. Para él todo estaba bien hasta que rompí a llorar. Qué suerte la mía, toda la furia y todo el jaleo resultante había sido inútil. Pues nada. Me dejé abrazar, me calmé, me acompañó a la cama, perdón nos acompañó, y nos durmimos. Y aquí estoy ahora, escribiendo de nuevo a las 4 de la mañana.

No me gusta provocar malestar en mi nena. Sé que son cosas que pasan. Pero si las puedo evitar mejor. Así que creo que me tocará despertarme más temprano. Parece increíble pero sin este espacio para mi me marchito. Tanto amor que siento por ella pero no soy capaz de dejarme totalmente a un lado

Esto es todo un tema. Quizás lo retome más adelante para reflexionar en él. Por ahora vuelvo a sentirme contenta y tengo sueño. Así que creo que me acostaré de nuevo junto a mis dos soletes. O quizás leo un poco primero. No sé, ya veré pero me despido. ¡Hasta mañana! 🙂

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