Prefiero ser mami.

Aquí en México hacer una gestión te puede llevar mucho tiempo. Y si haces dos se te va el día. El problema normalmente son las distancias. A veces debes coger hasta 4 transportes diferentes para llegar a un destino. Pero ayer planeamos hacer gestiones cerca de casa: en el banco y la universidad. Calculamos que al medio día estaríamos comiendo en nuestro hogar. Pues no, en el banco topamos con tal cola que nos ocupó toda la mañana. Así que comimos al lado de la universidad y llegamos a casa cerca de la hora del baño.

Últimamente llevamos bastantes días con esta dinámica, salir por la mañana más o menos temprano y llegar por la tarde pasada la hora de la siesta. Y me da apuro como le puede afectar a mi pequeña. Aún no hemos establecido bien nuestras rutinas y las necesito. Ella no lo sé, no estoy segura, la verdad. Pero yo, curiosamente, sí. Antes huía de ellas, ahora las busco.

La maternidad te cambia la vida. Te lo dicen y repiten hasta la saciedad. Pero no te haces idea hasta qué punto. Te transforma. Antes la protagonista y el centro de mi vida era yo. Ahora no, ahora es ella. De una manera radical. Ella es mi motor, mi impulso. Algunas mañanas me despierto con mal estar, ya sea por la cabeza o por el estómago. Y de entrada no me siento capaz de encarar el día. Pero entonces ella se despierta, me mira y me sonríe. Automáticamente todas mis dolencias pasan a un segundo plano. Y a la que arranco la jornada estas desaparecen.

Es increíble. A veces pienso con las enfermas de fibromiàlgia. Esta es una enfermedad asociada a aquellas, son sobre todo mujeres, que se han dedicado muchísimo al cuidado de los otros, normalmente familiares. Y pienso en ellas cuando compruebo con que facilidad se sobrepone uno cuando ha de cuidar. Pienso en ellas porque me pregunto dónde habrá ido todo el dolor y el malestar y me inquieta que se haya quedado dentro, que se acumule y que un día mi cuerpo, cansado de silenciar, ya no deje de protestar. Pienso en ellas preguntándome si este será el mecanismo de dicho padecimiento.

Antes vivía tan centrada en mi que me perdía en mi misma. Ahora me encuentro cada día en ella. En realidad la maternidad me está ayudando. Aún así ahora creo entender el histerismo típico de las madres. O la mala fama que tienen por parte de algunos hombres que se quejan de lo protestonas e insoportables que somos. Y no es para menos. A partir del momento que nace tu bebé la palabra descanso desaparece del diccionario. No paras y sospecho que la cosa va a más conforme la criatura va creciendo. Como madre tienes un sentimiento de quererlo todo perfecto y a punto para tu cosita. La casa limpia y ordenada, la comida bien sana y sabrosa, la ropa, los juguetes, tu misma. Y siempre hay algo que limpiar o que hacer. A todo ello añade sus reclamos que son casi continuos. En casa de mi madre tenía más oportunidades de parar y centrarme solo en ella. Ahora muchas veces me la pongo en la espalda y sigo con las tareas. Antes también me la ponía. Pero ahora, al estar sola, mucho más. Y cuando se duerme aprovecho y hago otro tipo de cosas, pero en la mayoría ella está presente. Me explico con un ejemplo, el escribir este blog, en principio es un espacio que me he reservado para mi misma, pero en gran parte lo hago por ella. Mi intención es encontrar un modo de vida que pueda compaginar con la crianza. Y si alguna madrugada la pereza asoma, la presencia de mi cosita pequeñita me espabila rápido.

Algunas veces, cuando noto mis pensamientos muy densos me dejo invadir por el sueño. Pero la sensación básica es de no parar nunca. Siempre haciendo algo, pensando, planificando, organizando. Y cuando ves que llega él muy cansado por que ha trabajado todo el día y tan tranquilamente se tumba o se conecta o lo que sea y te ignora y tu sigues ahí, lavando un plato, cojo la niña, la dejo, lavo otro plato, la vuelvo a cojer, juego con ella, consigo tirar la verdura a hervir, ahora toca bañito, mierda, me he dejado la toalla, cuando estoy sola he de espabilar pero cuando esta él me podría ayudar, no? Siento que me hierve la sangre. “¡Antonio! ¡Traeme la toalla!”, “¡Antonio! ¡Que me he dejado el cubo!”, “¡Antonio! ¡Que se me quema la comida!”. Y así nos ganamos la mala fama.

He de decir en defensa de mi pareja que la mayoría de las noches prepara él la cena. Pero por más que te atienda, por más que se ponga manos a la obra en las tareas del hogar, por más que cuide la niña muchas veces surge ese momento en que te hierve la sangre. Sientes que no paras en todo el día, desde que te levantas hasta que te acuestas, y ni así, porque te duermes con un ojo pendiente de la nena, además muchas veces sola, sin nadie con quien hablar, con quien descargar, y cuando llega y ves con qué facilidad se relaja en ese preciso instante en que tu existencia se ha complicado, la cólera te invade.

Otras veces somos incomprendidas. “La niña tiene sueño, déjala tranquila.” “Pero si yo la veo bien…”. Pasan cinco minutos y la pregunta es “qué le pasa a la niña?” “Ya te lo he dicho, tiene sueño”.

Aun así me quedo a su lado. Prefiero ser la mami toca huevos que el papi bueno rollo. No se porque pero me gusta ser mami.

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