Cuando el padre desaparece.

El sueño de los bebés es todo un tema. De hecho se han escrito libros y más libros sobre ello. Algunos son de la vertiente de dejar al bebé sólo llorando. Otros dicen que no, que eso es terrible y entonces te explican cómo funciona su sueño para actuar en consecuencia. Yo soy partidaria de lo segundo y lo resuelvo esperando a que le entre el sueño. Bueno, en concreto a que entre en ese estado de somnolencia que nada la podrá arrancar de los brazos de Morfeo. Entonces la cojo y la balanceo canturreando y ofreciéndole el pecho. Cae rendida en 5 minutos. Si lo hago antes imposible, su ímpetu es más fuerte. Y si lo hago más tarde entonces la he de forzar un poco y al poco cae rendida.

Es todo un tema porque cuando le entra sueño se pone insoportable. Recuerdo antes de dar a luz a otras mamis con sus hijos alborotados, irritables. “¿Qué le pasa?” me inquietaba. “Nada, que tiene sueño” respondían casi siempre. Era como la eterna respuesta, como la respuesta comodín: no sé qué le pasa entonces lo atribuyó al sueño.

Ahora soy yo la que contesta “es el sueño”. Y es verdad. Al menos mi hija cuando no tiene sueño es mucho más llevadera. Acepta bastante bien las negativas, tolera mejor la frustración, y todo fluye bien. En cambio cuando tiene sueño nada funciona como es debido. Protesta más, llora más ante la adversidad, cuando se cae o cuando no obtiene lo que quiere. La opción es coger la pequeña y dormirla. Me ahorro un montón de problemas.

Pero hay momentos críticos. Uno de ellos por la noche. Desde que estoy aquí en México el hábito está resultando ser: preparo la cena, preparo bañito, la baño, pañal, pijama, peinar, cortar uñas, importante sino imposible cortarselas en otra circunstancia, sentarla en la periqueta o trona, darle la cena, ella se la come, y cuando empieza a hacer el tonto con la comida retirarla, no quiere más pero no es capaz de parar y siempre encuentra algún trocito dispuesto a ser torturado, la cojo, la acuesto, le ofrezco pecho y se duerme. Esta es la secuencia y ha de empezar a las siete, siete y media. Sino lo más probable es que no la acabemos.

Ayer, por ejemplo, mientras le estaba poniendo el pijama ella empezó a buscar mi pecho. Le ofrecí con la intención de calmarla un poco. Se amorró a él y se durmió, casi al instante, con el pijama abierto. No cenó. No le pude cortar las uñas.

Otro momento crítico se da cuando se despierta antes de tiempo. Sí, en las siestas, a veces, está durmiendo tan tranquila y de repente levanta la cabeza y mira a su alrededor. Si no encuentra ningún estímulo suficientemente interesante su cabeza cae y se vuelve a dormir. El problema es, muchas veces, el padre. Si en ese preciso momento el padre ronda por ahí, ya está, siesta finalizada y niña alborotada.

El entusiasmo del padre por su nena es tan grande que no puede evitarlo. Esboza una amplísima sonrisa mientras la saluda efusivamente “¡hola!”. Ella responde con lo que era su eterna sonrisa de oreja a oreja. Ya está, fastidiada. Los dos empiezan a interactuar y la siesta se va al traste. Aparentemente todo está bien. Pero no. Yo se que no. La irritación aparece cuando el padre desaparece.

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