La fragilidad de mi ser.

Hace ya un tiempo que vi un vídeo de una conferenciante latina que hablaba contra el feminismo imperante. Gracias a mi limitada memoria solo soy capaz de recordar los detalles que más me llamaron la atención. Se trataba de una extrabajadora de la ONU que denunciaba la agenda feminista y las políticas de la organización. En uno de sus argumentos defendía que las jóvenes se subían al carro feminista viendo a sus madres quejándose por todo pero que la mujer tradicional en realidad era feliz así. Que lo que no sabían esas jóvenes era que las quejas de sus progenitoras formaban parte de su forma de ser y de su dicha. Sí, se quejaban pero también gozaban, se sentían satisfechas cuidando y ajetreando en su hogar, afirmaba la conferenciante.

Recuerdo que sus palabras me sorprendieron. Recuerdo que no las entendí. ¿Cómo va a ser feliz alguien que se queja casi siempre? Vislumbré a mi madre y a todas las madres que conocía y, efectivamente, aparecieron con su quejido en la boca. Y me sentí identificada con las jóvenes de las que hablaba esa mujer cuyo nombre no recuerdo.

Desde que mi alma se abrió paso por este mundo procuré huir de ese estereotipo. Busqué una libertad inexistente. Busqué ser una mujer autónoma e independiente, fuerte y resolutiva. No depender de ningún hombre en ningún aspecto. Y si me unía a él que fuera por puro amor, no más.

Después de no sé cuántos años de escuchar esas espeluznantes palabras aquí estoy, al otro lado del charco unida sentimental y económicamente a un hombre por amor a un ser diminuto. Sí, deseo ganarme la vida de nuevo pero lo haré en la medida que las necesidades de mi pequeña lo permitan.

Todas las teorías y las luchas por una mujer supuestamente libre se fueron al traste en un soplo. Y más chocante aún es que me he convertido en ese tipo de mujer, o madre: me quejo y aun así mi corazón rabia de felicidad.

Y no solo eso. Yo, que siempre había buscado la equidad en las relaciones (otra cosa es que lo consiguiera) ahora decido y hago sin tener en cuenta la opinión del otro más que para evitar un choque de trenes. Me refiero a que muchas cuestiones sobre la crianza y sobre el hogar las he decidido yo sola y las he llevado a cabo con o sin su consentimiento. Y si, por lo que fuera, he necesitado su aprobación he luchado por ello utilizando las artimañas necesarias por puro interés. Y siempre que puedo estoy pidiendo “hazme esto, hazme lo otro, tráeme esto, tráeme lo otro”. Y sin ningún tipo de arrepentimiento. Cosa que antes hubiese sido inaudito.

Pero lo más estremecedor es que me siento feliz y completa. No es que una criatura te llene los vacíos, como muchos temen. Te los muestra, te los sacude y te hace enfrentar a ti y a tu realidad. Y te enfrentas y haces lo haga falta. Una criatura te pone los pies en la tierra de golpe. Pero su presencia, su pureza y la entrega que me exige me colman.

Ahora entiendo esas inquietantes palabras. Ahora entiendo que la prosperidad no está carente de momentos duros e incluso penosos.

Pero he de confesar algo. De alguna manera siento fragilidad en este contento. Me explico. Durante el primer mes de vida de mi hija lo pasé fatal. Y la primera semana peor. Mientras que en el fondo de mi alma me sentía feliz.

De golpe y porrazo me colocaron en mis brazos la responsabilidad de toda una vida. Y mientras mi ser solo deseaba pasar todo el día envolviéndola y protegiéndola mi entorno exigía resolver otros asuntos. Recuerdo deambular por la casa con mi pequeña en brazos, tan fràgil como era, resolviendo lo más imprescindible y sintiéndome abandonada por todo el mundo. Sentía como su fragilidad se me escurria entre mis brazos y yo me apegaba más a ella en un intento para evitarlo.

Recuerdo que levanté una lucha permanente para proteger mi unión a ella, mi apego a ella que tanto necesitaba, no solo para cuidarla y atenderla, sino también para sobrevivir y salvar mi alma de la amargura.

Me sentía tan frágil y desamparada. Permanecía todo el día en casa evitando los comentarios de los demás en pos de la protección que necesitaba. Dejaba de lado todo aquello que no fuera ella, incluso mi higiene personal si era necesario. Comía si alguien se apiadaba de mí. Y a fuerza de apegarme a ella, de proteger mi yugo con ella, he podido ir sacando cabeza. Y mi felicidad permanece en la medida que la sociedad no me arrebata mi unión con ella. De ahí esa fragilidad.

La incomprensión social, su ignorancia y sus prácticas de crianza modernas amenazan constantemente el bienestar de mi hija y el mío. Aunque a decir verdad este hecho se ha reducido considerablemente desde que vivo en México. Creo que mañana os explicaré el porqué. Ahora voy a dormir junto a mis amores.

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