¿Y la cuna para qué sirve?

Cuando el predictor que compró mi hermana anunció mi embarazo fue tal la alegría que todas las circunstancias adversas pasaron a segundo o tercer lugar, o más lejos. Era tanta la emoción que me invadió que a partir de ese instante solo cupo un deseo: tenerlo todo preparado y bien bonito para recibir a esta personita tan especial.

En el mercado se puede encontrar una amplísima oferta de productos dirigidos a la crianza. Con lo cual el entusiasmo por el consumo aumenta. Yo recuerdo que lo quería todo. Incluso los chupetes tan super monos que ya sabía que no iba a utilizar.

Mi hermano contemplaba el fenómeno con sorpresa. “Pondré un negocio para mamás. Viéndote queda claro. Este es el negocio seguro”.

Evidentemente me contenía de consumir sin sentido. Me planteé como quería criar y compré en consecuencia. Por ejemplo no gasté ni un duro ni en biberones ni en chupetes. Sí que invertí en una buena mochila. También adquirí una cuna colecho.

Alguien me advirtió que era medio inútil, que si daba pecho lo más probable es que el bebé acabaría en la cama conmigo. Recuerdo que no me importó. Me hacía tanta ilusión que la compré igual. Y recuerdo también como me imaginaba tumbada cerca de mi bebé contemplandolo en su cunita pegada a mi cama. ¡Qué bonito!

Después de parir, cuando llegó la primera noche solos en casa, quiero decir, fuera del hospital, cogí mi pequeña y la tumbé en su cunita. Qué ternura. Me quedé cerca contemplandola. Al poco pidió teta. Y cuando acabó de mamar adivinen qué pasó. Madre e hija se quedaron dormidas en el mismo lecho. Y así una noche tras otra.

Pronto la cuna quedó olvidada. Muchas veces la niña no volvía porque me quedaba dormida dando pecho. Muchas otras la podía haber colocado de vuelta. No lo hacía. Me sentía tan a gusto con mi bebé que me resistía a ello.

Realmente la advertencia tuvo toda la razón del mundo. Pero no sé porque tengo fijación con las cunas. Antes de llegar a México, mientras preparábamos el viaje, entre otras cosas, miré qué comprar y qué no comprar para la niña. Trona, sí. Cochecito, no. Etc. Y entonces, navegando por Internet, me topé con las cunas. No sé por qué vi clarísima la necesidad de comprar una.

De nuevo recibí la advertencia, “pero si va a dormir con nosotros, si en el king size este cabemos los tres de sobra” me decía Antonio desde México. “Ya, pero es que ahora se mueve mucho, la tendré que dejar en un sitio seguro en sus siestas, no?”

En casa de mi madre, donde nos establecimos antes de viajar, cuando mi niña se dormía yo me quedaba cerca haciendo cosas con la tablet. Leyendo, escribiendo o consultando por Internet. Y si algún día no me iba bien cocinar lo hacía mi madre.

En México la cosa sería diferente. Durante el día no tendría a nadie. Me tendría que apañar sola. Atender la niña, cocinar, limpiar. Vi como mi nena se quedaba en su cuna tan tranquila durmiendo su siestas mientras yo me encargaba de los quehaceres de la casa.

Pues bien, de nuevo la cuna se ha quedado olvidada en su función de cuna. Cuando ella se duerme no puedo resistirlo, cojo mi tablet y permanezco cerca de ella. ¿Será que estoy enganchada al aparato? ¿Será que estoy enganchada a mi bebé? ¿Será un poco de cada?

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