Me siento abrumada.

Estoy echa polvo anímicamente. Siguiendo la costumbre de allí donde vivía hasta hace poco salimos a pasear dos tardes seguidas, la del viernes y del sábado. Pues bien, según donde vivas de DF no es buena idea. La polución te machaca las vías respiratorias. Mi pequeña y yo tenemos mocos y yo dolor en la nariz, boca y garganta. Ella no lo sé.

El entusiasmo se ha evaporado. No tanto por estar lejos sino por las condiciones en que me encuentro. El síndrome del nido se ha convertido en el síndrome de la decepción. En esta casa es difícil crear un hogar acogedor. Hay tanto que limpiar que me siento abrumada. Ya he comentado en algún otro post mi entusiasmo por las tareas del hogar.

Antonio me explica que cuando entró estaba peor. Me lo creo pero no quiero ni imaginarmelo. El problema no es tanto la falta de higiene sino lo rápido que se ensucia todo. En el aire vuela un polvo negro maldito.

Eso sí, el crecimiento y la evolución de mi pequeña no cesa. Su capacidad de movimiento cada vez es más grande. Ha empezado a gatear, da dos o tres pasos y vuelve al arrastre.

Tiene un juguete en el que ha de poner piezas a través de agujeros según las formas de estas. Por debajo de artilugio se puede extraer las piezas. Pues bien, ella, empezando a meterlas por debajo, ha conseguido colocar alguna de manera correcta. Además coge cualquier cosa que encuentra y la intenta meter por debajo del juguete. Lo que sea, incluso unas mantas finas que tenemos para el sofá.

Me encanta verla como se concentra en su propósito de colocar piezas, o el objeto que sea. Hasta hace poco no se paraba mucho rato en un juguete. Iba haciendo tentativas y los dejaba al momento quizás para volver al poco rato para ser de nuevo abandonado. Por ejemplo, tiene otro que es el clásico tubo con anillas para colocar. Lo coge, esparce todas las anillas, coge una, curiosamente siempre la misma, la azul, la más grande y por tanto la primera que ha de ser colocada e intenta colocarla. No lo consigue y lo deja. Entonces cuando ya había recorrido todos los juguetes dos o tres veces me pedía brazos.

Ahora el juego ha cambiado ligeramente, en uno se para más rato. Esto provoca que, también, que me pida menos brazos.

Bueno, me voy a echar un rato a ver si desaparece el dolor y recupero el ánimo, sino este será un diario maternal deprimente.

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