¿Por qué será?

Yo no sé si es el hecho de estar por fin los tres juntos, o el hecho de disponer de nuestro hogar y poder cuidar de él a mi antojo, o el hecho de estar lejos de mi gente, o si es México, o de todo un poco pero me siento a gusto.

Antes de venir para acá me decían que los emigrantes que aterrizan en México son los más felices. No me lo creía. “Me lo dicen para tranquilizarme” pensaba. No me cabía en la cabeza la palabra felicidad unida a gran ciudad con más de veinte millones de habitantes, con millones de hectáreas construidas, que las imágenes de Google Maps asustaban, con los índices de polución más elevados del mundo. “¿Uno cómo va a ser feliz en tales condiciones? ¡Imposible!” reaccionaba yo.

Pues ahora lo veo viable. Dejando de lado los momentos críticos, que estos son normales y forman parte de la vida, me siento sorprendidamente enamorada de esta ciudad. No lo entiendo.

Además miro a mi alrededor y lo que veo es feo. Eso sí, lo que oigo y lo que huelo, quitando los estímulos procedentes del tráfico, me encanta.

Voy caminando por la calle y hay muchísimos puestos de comida y cada uno de ellos va desprendiendo sus fragancias. Además parece ser que es común amenizar el ambiente con buena música. Me encanta lo que escuchan los mexicanos, incluida la latina. Y su melodía al hablar es muy linda. Y su trato bien agradable. No gritan, son amables, sonrientes y todo les está bien. “Disculpe, he cambiado de idea y deseo una quesadilla sin queso” “sí, claro, está bien”.

Ayer pasé el primer día sola con mi niña en casa. Y, como se puede intuir por mis palabras, lo pasé bastante bien. Ordené y limpié el caos. Como la vivienda es chiquita es fácil controlar mi pequeña que se va distrayendo con lo que puede.

Le puse sus juguetes en una pared de la estancia principal. Se acercó a ellos, los tocó uno por uno poco rato y enseguida se lanzó a la búsqueda de nuevos estímulos. O, quizás otros estímulos le llamaron más la atención.

Tiene uno que es el típico tubo con aros que los quitas y los colocas de nuevo. Desde que dispone de él resulta ser el primer juguete al que se acerca. Lo coge, quita los aros, coge el más grande, el azul, e intenta ponerlo de nuevo en el tubo. No lo consigue. Hace dos o tres tentativas más y ante el fracaso se retira. Coge el siguiente juguete.

Es un comportamiento que observo en mi pequeña. Pero no desde siempre. Antes su respuesta delante de su empeño por conseguir algún propósito era seguir intentándolo pero entonces se ponía muy nerviosa. Se irritaba muchísimo y lo peor era que iba aumentando. Se ponía tensa, roja, gritaba y lloraba. Antes de que llegara a ciertos niveles la cogía y la calmaba. Y a base de calmarla que ha ido modificando su conducta.

Creo que tiene un nivel muy bajo de tolerancia a la frustración. Quizás sea lo más normal en su edad pero me gustaría saberlo.

Por otro lado veo que quiere tocarlo todo, cogerlo todo, verlo todo. Sé que eso es normal. El problema reside en que me da mucho apuro decirle que no constantemente. Procuro distraerla y prevenir. Pero no siempre es posible y el NO está muy presente. Me inquieta. Además me preocupa no ofrecerle los estímulos que ella necesita.

Es por todo ello que me estoy planteando seriamente la posibilidad de hacer un curso sobre la filosofía de montessori. Quizás simplemente tenga la pretensión de que mi niña se distraiga sola por horas. Quizás sea una pretensión imposible. No lo sé.

De momento estoy leyendo “la mente absorbente del niño” y buscando por Internet. ¡Ya os iré contando!

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