Qué suerte he tenido.

Arrancamos un nuevo día a dos de embarcar. Hoy es martes. Curiosamente me siento muy tranquila. Conociéndome he de sospechar. En los acontecimientos de mi vida altamente estresantes siempre me ha pasado lo mismo. En el último instante aflora todo el manojo de nervios con toda su virulencia. Claro que en esta ocasión justo me he sacado un peso de encima, ¡he conseguido hacer las maletas! Ayer las cerré listas para viajar. Respiré tranquila y descansada.

A la caída del sol hubo una reunión vecinal del pueblo. Asistí con mi pequeña. Con lo cual estuve más tiempo fuera de la sala que dentro. En la puerta había más niños de entre un año y dos. Dejé mi hija en el suelo junto con ellos. Qué graciosa, los gritaba y perseguía. Y la gente al pasar exclamaban “¡oh, qué grande, qué bien criada la tienes!”.

La verdad es que he tenido suerte. Al ser una bebé grandota, con unos muslos gordos y unas piernas y un cuerpo robusto la mayoría de comentarios que obtengo son positivos. Para gusto y regocijo de la madre casi todo el mundo se sorprende gratamente de su aspecto.

Era algo que temía durante el embarazo, los comentarios de la gente. Y más viviendo en un pueblo tan chiquito en el que pueden ser muy maliciosos. Una de mis lecturas durante el embarazo era posibles respuestas a posibles preguntas impertinentes. No me han hecho falta. Ni cuando me han visto portear hasta la saciedad o dando el pecho a cada rato.

Bueno, un día una madre cuando vio que Iris empezó a chupar a ratitos cada 5 minutos preguntó medio alarmada “¿esta niña mama o no mama?”. “Sí, claro, es lo que está haciendo” contesté. “Ah, pero ¿la dejas que mame cuando quiera?” quiso saber la señora. “Sí, mama a demanda” le informé. “¡Ah! ¡así claro que está tan grande!” exclamó. Y no contenta con ello continuó “ui, pero eso no es bueno, hay que marcar pautas, ¿que vas a hacer como las de la liga de la leche?” me preguntó no sin cierto tono de desprecio.

Eso no me molestó especialmente. Sé que hay mucho prejuicio con la lactancia.

Un comentario muy frecuente y recibido con sorpresa ha sido “mira que bien vas ahí con la mami, eh?”. No esperaba tanta aprobación con el porteo. Claro que no faltaron los que me justificaban con el hecho de que hay muchas escaleras en el pueblo. Bueno, mientras no me juzguen. Eso sí, hay una mujer en el pueblo que me iba controlando la temperatura de los pies de la niña que colgaban desnudos ¡en pleno verano! Llegó un momento que empezó a fastidiar un poco el juego.

Muchos han mostrado sorpresa de un hecho desgraciadamente inusual en nuestra sociedad: “¡esta niña no llora nunca!”, admiraban unos. “!Nunca la he oído llorar!” exclamaban otros. Algunos añadían el “qué buena es”. Pues claro, ¿qué niño es malo?

Solo he sufrido un incordio: las picaduras de mosquitos. Ha ido bien servida. Y la gente lo ha notado. “oh, pobrecita, tiene picadas de mosquitos. ¿No le pones nada?”. Sí que le pongo, sí. Però mi niña es muy dulce y además no son tan graves. Recuerdo los veranos de mi infancia llena de picaduras y apenas me molestaban.

Ya ves tú. Si con eso ya me incomodaba no quiero saber qué hubiese pasado si mi hija no hubiese crecido tan grandota y hermosa. He tenido suerte.

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