La incertidumbre de no saber.

Ayer por la tarde Iris se mostró especialmente pesada. Su nivel de quejido iba aumentando. No llegó a llorar pero a cada rato emitía ese dichoso ruidito. Si la dejaba en el suelo al momento me pedía brazos. La cogía y quería tocarlo todo. De hecho como cada día. Pero ayer no se conformaba con mis negativas. Y además se mostraba cada vez más irritable. Incluso me planteé si tendría algún dolor o malestar. Cuando fuimos a tomar algo al poco volví a casa cansada, harta de su perpetuo ajetreo más intenso que nunca. “Qué le pasa a la niña, hoy?” pensaba.

De regreso a nuestro hogar mantenía la esperanza que una vez en la cama se calmaria. Pues no. La cosa fue peor. Empeñada en tocar la lámpara no había modo de dormirla, ni de distraerla. Escondí la lámpara. Entonces se fijó en cualquier otra cosa. Llegó un momento que su ruido no cesaba y su dedo se mantenía permanentemente en alto. Qué pesadez. Qué desesperación.

Siempre he tenido presente el satisfacer todas sus necesidades incluidas las mentales y emocionales. Su curiosidad y su necesidad de aprender. Por eso le compré unos juguetes didácticos. Pero creo que me equivoqué. Intuyo que lo insoportable que estaba ayer era indicio de que ello.

Cuando mi paciencia estaba a punto de agotarse de repente me iluminé. Recordé unas palabras de María Montessori: “el mal comportamiento es a causa de la falta de alimento para la mente”. Al instante me levanté y fui a buscar un cuento. Uno que en concreto que le gusta mucho de esos que les llaman sensoriales con texturas y muchos gatitos. Mano de santo. Cómo se entusiasmó. Estuvimos un buen rato mirando el libro. Ella con su dedito iba señalando y yo le iba explicando. Los ruidos que emitía ya eran otra cosa. Mostraban entusiasmo y alegría. Qué descanso. Y lo miramos varias veces. Qué bueno. Hasta que empezó a tener un comportamiento cansino otra vez: tenía sueño. Así que cerré el libro, cogí mi amor y la dormí. Cayó al momento.

Vaya, vaya, así que eso era mal comportamiento. La niña muestra unas ganas locas de aprender y si no recibe estímulo suficiente se pone pesada. Esa es mi lectura de la situación. De momento.

Pobres bebés, en realidad debe ser dura esa edad. No te entienden. Tus necesidades se queden por satisfer, con lo incómodo y pesado que supone. Encima te acusan de malo. Y para acabar de rematar vas al médico y todas sus molestias son normales. Que vomita, es normal. Tiene mocos, es normal. Tiene tos, es normal. Se irrita el culete, es normal. Tiene reflujo, es normal. Que se rasca continuamente la oreja e incluso se ocasiona heridas, es normal. Esto último fue una de las consultas de ayer. Sí, por la mañana visitamos el pediatra.

Bueno, en la revisión de los ocho meses dejaron de considerar normal tanto vómito. ¡Aleluya! Pero ayer me dijeron que hasta pasado el año no se hacían las pruebas de intolerancia. Buf. Que me mantenga restringiendo el consumo de lácteos. Y digo yo, ¿cuánto ha de sufrir un bebé para que le tomen en serio? Quizás exagero. Pero no tanto.

Igualmente es duro ser padre o madre. Por suerte hay patrones de comportamiento infantil generales que te sirven de guía pero cada niño es un mundo. Realmente no vendría mal un manual de instrucciones para cada bebé. “A los tres meses ten paciencia, empezaré a distraerme tanto que dejaré de mamar aún teniendo hambre”, “la situación será tan intensa que sólo seré capaz de mamar bien en la cama, donde no hay distracciones”, “ten en cuenta que llegará el momento en que necesitaré tu ayuda para canalizar mi curiosidad”. Estaría bien, ¿no? Nos ahorraría muchos disgustos y momentos muy pesados y duros.

Pero no. Has de estar casi permanentemente adivinando qué le pasa. Eso es muy cargante. Tienes ahí delante la criatura que más amas en este mundo, que le deseas lo mejor, que eso en parte depende de ti y muchas veces tu deseo se ve frustrado porque ¡no sabes lo qué le pasa! Son varias veces las que pienso “¡dios mío yo no puedo con esto!”. Lo peor de todo es que cuando crees que tienes la situación controlada algo cambia. Se añade un nuevo parámetro y, ¡ale! vuelve a centrarte a conocer a tu nuevo hijo.

No cantes nunca victoria. Se trata de un aprendizaje continuo. 😉

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