En ese momento duro.

¡Buenos días! Hemos pasado un fin de semana con puente. El martes fue el día de la Ascensión de la Virgen. Y como en muchos pueblos hemos celebrado la fiesta mayor. He superado mis primeras fiestas del pueblo con mi bebé. No hemos salido a cenar ni una noche.

Nos pasábamos prácticamente todo el día fuera de casa y entre las siete y las ocho ella ya estaba kao, pobrecita. Y yo también, la verdad.

Ayer, el último día, hicieron chocolatada en la plaza de pueblo. Vino muchísima gente. Es lo que pasa cuando hay comida gratis.

Nosotras llegamos temprano y nos sentamos en un banco a esperar. Ella, como siempre, no paraba quieta. Coge un juguete, ahora otro. Siempre llevo una bolsita llena. Empezó a llegar la gente y ella se levantó apoyándose en el respaldo del banco y empezó a mirar, por aquí y por allá. En esas que comenzó a agitarse más y más, y a gritar. Su excitación iba aumentando junto con sus chillidos. Yo, que me hallaba en modo relax, todo lo relajada que se puede estar con un bebé en acción, claro, tardo en percatarme de su estado alterado. “Ui, ¿Qué le pasa?” me pregunto. La observo detenidamente y me doy cuenta. ¡La niña está desesperada porque no consigue llamar la atención de nadie! Claro, hay tanta gente que van pasando y ni se dan cuenta de sus gritos. Pobre. Se me parte el alma.

Decido levantarme para hacer la cola del chocolate con la esperanza de que el cambio la calme. Detrás nuestro se colocan dos mujeres. Ella, perseverante en su empeño, arranca de nuevo con sus gritos y sus reclamos. Vuelve a sacudirse, a gritar, a balancear su manita. También sonríe. Ampliamente. Sí, ya ha aprendido el poder de la sonrisa. Ellas responden. ¡Al fin! ¡Alguien le hace caso! Ahora su agitación es de alegría. Qué tranquilidad para la madre. Es que ¡sufro si ella sufre!

Van interactuando las mujeres y la niña. De repente le dicen “¡qué ligón vas a ser!”. “¡No! ¡En todo caso ligona!”. “¡OH! Perdón”.

Finalmente las mujeres siguen con su cháchara ignorando a mi pequeña. Ella vuelve a inquietarse. Tanto que empieza a enfadarse. Me largo de ahí. Voy a dar una vuelta a ver si se calma. Se me parte el alma verla sufrir y ¡solo hemos empezado!

Una vez conseguí mi chocolate, porque volví a por él y que por cierto no debí de comer, a ver que pasa hoy con los vómitos, me fui al tenis donde se encontraba mi madre y compañía. Allí mi nena, al fin, se sintió en su salsa. Todos le hacían las mil y una gracias. Y la mamá respirando feliz y tranquila.

Hemos llegado en un momento crítico de la vida de una persona, en ese momento en que su conciencia se está despertando y se va dando cuenta que no puede tenerlo todo. O sería más correcto decir, que la vida no es del todo coherente. Que no siempre es igual. No siempre sigue el mismo patrón. Y, por lo tanto, no siempre va a conseguir lo que desea. Qué duro.

A las nueve de vuelta a casa. Este año no veré los fuegos artificiales. 🙂

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