¿A quién saludará? 

Cuando uno no se sabe qué decir habla del tiempo. Yo no es que me haya quedado sin palabras, es que alucino con el clima de este verano. Noches super calurosas en las que mi pequeña se las pasa mamando, intercaladas con noches frías en las que he de cerrar las ventanas. ¿Será un entrenamiento para México DF? Antonio me cuenta que el frío lo despierta cada madrugada.

Esta noche antes de dormir Antonio me ha comunicado que el lunes recibiré el documento que nos falta para poder viajar a México mi hija y yo. Así que la semana que viene ya compro los billetes de avión. ¡Nos vamos a vivir a México! Son las 4:09 y tengo mucho sueño. A mi niña le costó dormir. No se si intuye la que se avecina. Creo que voy a seguir durmiendo e intentar escribir más tarde. Buenas noches.

Hola de nuevo, las 4:30. No puedo dormir. Me siento irritable. Siento que no es justo. Me preocupa cómo le puede afectar a mi niña. No me gusta la idea de criarla en una gran ciudad. Quiero naturaleza. Y me siento rara por el hecho de alejarme tanto de mi familia.

Por un lado me gusta la idea. Por otro me entristece. Sobretodo por ella. Tiene un montón de familia, muchos tíos, tías, primos, primas, abuelos, abuelas y vivirá lejos de todos ellos. Me entristece.

También estoy expectante. Visitar un nuevo país, una nueva tierra. Y verlo como siempre he pensado que se ha de ver, desde dentro, metiéndote en el. Me hubiese gustado más vivirlo de joven y sin hijos. Pero las circunstancias son las que son.

Tengo ganas de ir para allá para crear un nuevo hogar, para formar una familia junto a mi pareja. Aunque temo que mis expectativas en este sentido se vean frustradas. No sé qué me encontraré. No sé cómo será la convivencia con él en la urbe.

Quizás sea un poco pesada con este tema. Pero no es ninguna tontería. Sé que mucha gente vive en ellas. Figurate, el 70% de la población se concentra en ciudades. Pero he tenido la suerte o la desgracia de haber conocido la ciudad y el pueblo. Puedo comparar. De hecho me crié en la metrópoli. Y veraneaba en el municipio donde vivo. Y no fue hasta tener casi los 30 que me quedé a vivir en el. La experiencia ha sido tan positiva que ahora me cuesta hacer el paso inverso.

En un núcleo urbano me siento cerrada y aislada. Y he visto como el humor se agria. En una aldea tu naturaleza respira mucho mejor, más tranquila. Te sientes más libre, más vivo. Tienes espacio. Tienes contacto. La convivencia en una ciudad es más difícil pues en ella uno está más irritable, más estresado.

Me preocupa cómo le sentará a mi nena este cambio. Ahora cuando salimos a la calle ella se muestra alegre, va botando y sonriendo, saludando a la gente. Donde vamos está atestado de estímulos, coches y más coches, ruidos y más ruidos, gente y más gente. ¿También botará? ¿también sonreirá?  y ¿a quién saludará?

Al menos allí por las noches siempre refresca. 

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