¿Ya soy mami bloguera? 

¡Guau! ¡Nunca había sentido tanta emoción!

Bueno, no es verdad. Pero, dejando aparte la maternidad, fuente de sentimientos y emociones brutales de todo tipo, hacía tiempo que no lo sentía. 

Y es que ayer compré el dominio, undiariomaternal.com. No se si realmente valía la pena o no pero me hacía mucha ilusión.

Me gusta tanto arrancar proyectos propios. Crear ideas que pululan por mi cabeza. Y en cada paso que doy siento como vibra mi cuerpo de alegría y satisfacción.

¿Se me puede considerar ya mami bloguera o he de cumplir algún requisito más como por ejemplo pasar mucho sueño? Desde que escribo en mi diario maternal mi acumulación de somnolencia ha aumentado considerablemente. Ayer incluso me dolía la cabeza. Cosa que me ha pasado en momentos muy puntuales de varios días sin dormir bien.

Ahora bien, es increíble como el hecho de tener la responsabilidad continua de cuidar una criaturita te mantiene, lo quieras o no, siempre alerta, siempre despierta. Siento que desde el momento que di a luz se encendió una parte de mi cerebro que no se ha vuelto a apagar. Una parte que registra y analiza todos y cada uno de los movimientos y ruiditos de mi hija. Durmiendo me despierto cada vez que ella se mueve. Durante el día puedo saber mi acumulación de sueño por el grado de viscosidad de mi pensamiento, no porque lo sienta en si. Si me pasa algo, algún disgusto, algún percance lo aparco hasta que puedo pensar en ello con más tranquilidad, que son en los momentos que ella duerme.

Incluso he pillado mi nena al vuelo en dos ocasiones. Me explico. Hace unos días estaba en casa de mi hermana charlando. Entonces Iris hizo caquitas. La tumbo en el sofá para cambiarla y sigo de cháchara con mi hermana. De repente mi cuerpo reacciona y la pilla al vuelo. Y digo mi cuerpo porque yo no me enteré que se estaba cayendo hasta que no vi el suyo en mi mano. Llega a ser cualquier otra cosa y oímos el clonck con el suelo.

En otra ocasión necesitaba imprimir unos documentos. Enciendo la impresora. Conecto el portátil. Me siento en el sofá y dejo la niña con algún juguete a mi lado. Mientras trasteo el ordenador mantengo una mano encima de ella, aparte de estar continuamente echándole miradas para controlar que todo está bien. Ya sabemos que los ordenadores no siempre siguen a la perfección nuestros deseos. Así que en un momento dado este empieza a hacer el tonto reclamando mi atención. Imagino que disminuí el nivel de miradas de control hacia la niña porque de repente, como antes, mi cuerpo reacciona y la pilla al vuelo. ¡Qué susto! 

Hay excepciones. Una, la hora de la siesta. El radar sigue activo pero ahí si siento y me pesa el sueño en todo su apogeo. Dos, en algún momento me ha visitado la sombra de la depresión. Ahí se apaga todo, incluso el radar. Pero de eso ya hablaré más adelante. 

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